Al principio la naturaleza era lo más divertido, luego lo más interesante y ahora lo es todo.
La fotografía muestra el interior más profundo del fotógrafo, esa imagen surge por la actitud, la conciencia y la experiencia, pero es luego cuando realmente el fotógrafo valora y confirma su imagen guiado por su interior.
Siempre me siento afortunado por sentir y poder ver la grandeza de la naturaleza, de poder vivir esos momentos, para mi, Reales. La fotografía hace posible que parte de ellos sean míos para siempre, que no caigan en mi olvido, evocando lo vivido y confirmado mi existencia, mi realidad.
Estas imágenes están tomadas durante la misma tarde, una de ellas muestra unas nubes surcando la cara sur de la Sierra del Pinar en el Parque Natural Sierra de Grazalema, la otra fue tomada poco antes sobre una orientación distinta, en este caso miraba hacia el sur, hacia la sierra del Caíllo, cerca de Villaluenga del Rosario. La sierra aparece casi tapada totalmente por un poderoso mar de nubes que se apresuraba imparable hacia mi. Fue uno de esos momentos en los que me he sentido profundamente sobrecogido e insignificante. Momentos muy efímeros que se desvanecen antes de que puedas pellizcarte para comprobar que ciertamente están ocurriendo. Luego todo da paso a la oscuridad y a la incierta soledad de la noche en la montaña, los sentidos se agudizan y la experiencia cobra un valor y una realidad más cierta que nunca.
Un autobús abandonado, muerto, olvidado, sin importancia. Sin pretender nada cuando miro esta imagen imagino momentos y experiencias dentro de ese viejo habitáculo que tan perfectamente reconoce mi mente, personas con sus historias generando miradas que escapan por las ventanas, un paso del tiempo hasta la llegada. Siento el ambiente frío que había esa tarde lluviosa, el viento que entraba y agitaba las viejas cortinas, en definitiva percibo vida (Naturaleza, realidad) en algo que ya he dado por muerto.
Todo cambia. Se que esas hojas no hace mucho estuvieron en esas ramas, veo el paso del tiempo no solo en esos castaños, también en los viejos sillones, comparo esa superficie mojada y rota con mi propio pellejo, con mi vida moldeada por el viento, el sol y las tormentas. Los veo como espectadores pasivos del paso del tiempo, testigos superfluos. Una vez más encuentro una especie de símil entre mi vida (naturaleza, realidad) y lo inerte.
El simple gesto de mirar y ser mirado vasta para ver la naturaleza más pura y cercana . Una comunicación universal que nos forja la sensibilidad. Como decía Robert Doisneau: nos rodea “…un espectáculo gratuito e infinito para el que no se necesita entrada” , solo sensibilida.
Texto y Fotografias : Francisco Cruces
http://www.franciscocruces.com/






















